"Sueño con niños", por Jimena Néspolo

Rita viaja al cosmos con Mariano, Fabián Casas. Ilustraciones de Santiago Barrionuevo. Buenos Aires, Planta Editora, 2009.

Los sueños del agua, María del Carmen Colombo – Cristian Turdera. Buenos Aires, Pequeño editor, 2010.

El contador de cuentos, Saki. Ilustraciones de Alba Marina Rivera. Traducción de Verónica Canales y Juan Gabriel López Guix. Venezuela/Barcelona, Ediciones Ekaré, 2009.

Cuando un niño se aburre comienza a molestar. Y un niño molesto puede ser el sujeto más salvaje y peligroso de toda la fauna humana. Aparecen los accidentes domésticos, estallan las riñas, las trifulcas. Unos versos monótonos, por ejemplo, como los que recita una y otra vez la nena del libro de Saki, El contador de cuentos, mientras viaja en tren con su tía y sus hermanos hacia Templecombe, pueden desatar tormentas fabulosas; pero el aburrimiento también puede devenir en tristeza, como le pasa a Mariano, el personaje del libro de Fabián Casas, quien convierte el patio de su hogar en planta de despegue de una nave espacial que funciona a base de sifones. Se sabe: un niño es un lector nada condescendiente, implacable y abandónico –si el relato no le sigue el paso o incluso va más allá, la atención y la lectura cae–. La imaginación de un niño es poderosa. Cuando un niño opera con su imaginación en el plano de la realidad, el adulto tiembla. Surge entonces la necesidad de relato, y en esa necesidad es donde se observa la doble dimensión arqueológica, proteica, que lo justifica: es entretenimiento, sí, y placer, pero también, fuente primera de aprendizaje a través del cual el mundo adulto le otorga al niño (entramado en una radical asimetría de fuerzas) las herramientas elementales con las cuales sobrevivir y llegar a la adultez. El relato de Saki tematiza de un modo sutil estas cuestiones: hay niños molestos, hay un sujeto demasiado sujetado a las normas que intenta contar un cuento que no sólo resulta ineficaz sino que también demuestra con creces sus limitaciones para comprender el universo a-social de la infancia, y hay –para nuestro gozo– un autor de verdad, que elabora con estos elementos un relato, efectivo, siniestro, absolutamente cruel, aplaudido (quizá por todas estas razones) por el público de infantes.
La “literatura infantil” tiene sus colecciones y editoriales, sus asociaciones, sus ilustradores, sus escritores y premios, su “mercado”. Como si los niños no vivieran en este mundo sino en una especie de limbo regido por regulaciones más artificiales que las nuestras, cuando esa extrañeza se convierte en isla es cuando esta “literatura menor” (la de Lewis Carroll, Oscar Wilde, Mark Twain o Silvina Ocampo, por citar sólo algunos nombres) deja de ser peligrosa y se convierte en tontería. Afortunadamente no es el caso del volumen Los sueños del agua, ilustrado por Cristian Turdera y elaborado a partir de un poema de María del Carmen Colombo que dice así: “En los charcos,/ el agua duerme./ ¡Silencio,/ no la despierten!:/ Está cansada de correr./ Las hojas caen/ de las ramas/ en puntas/ de pie./ Los chicos/ se acercan/ para ver./ En el cristal/ de un charco/ los sueños del agua./ Como peces de espuma/ unas nubes muy blancas/ navegan lentamente/ (…)/ El agua sueña con el agua/ del mar/ con el agua de lluvia sueña el agua;/ en el lecho pequeño de un charco/ el agua mansa sueña/ con la furia del agua.” La elección de este poema, que bien podría formar parte de cualquier otro libro de la autora (al igual que Casas, es lo primero que publica dentro del género), es un hecho a festejar. Primero, porque supone un intento por desquiciar el corset de la norma escolar que constriñe este tipo de literatura, y segundo, porque con esto, duplica nuestras exigencias como lectores.
Pero si de exigencia hablamos, es preciso decir que de los tres libros aquí presentados el más convencional, tanto en el texto como en la gráfica, es Rita viaja al cosmos con Mariano. Es el más “adulto”, el menos arriesgado. Entiendo que el interés del libro reside en que el autor invita a leerlo como una “ficción del yo”: En las páginas finales aparece una sección titulada “Acerca de mí”, firmada por Fabián Casas, donde el escritor ofrece datos sobre su infancia que dialogan directamente con el relato e incluso con alguno de los personajes. Así, la mirada adulta que no puede des-asirse de sí se trasunta en memoria, relato y, principalmente, nostalgia.
El reino de la infancia –ya lo dijo Bataille– es el reino del Mal. Es un reino regido por las leyes oscuras de la naturaleza y de la Poesía. Allí todo límite es incierto, artificioso, y toda fuerza, trágica, cuando no inexorable. Saki supo beber, como pocos, de esas aguas. Sólo resta decir que El contador de cuentos (premiado en Bologna) está ilustrado con frescura y audacia por Alba Marina Rivera –cuyas ilustraciones palpitan en el doblez de estas líneas.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Muy buena reseña .Soy docente y vale tener una mirada mas abierta.Gracias
Colombo Maria ha dicho que…
Gracias!

Entradas populares