martes, 14 de abril de 2015

"Nisman en la era de los golpes blandos", por Rubén Dri


(Rubén Dri* para La Tecl@ Eñe)



La primera década del siglo XXI fue, para gran parte de los pueblos latinoamericanos, el resurgir de las cenizas del incendio que fue la década del 90 bajo la hegemonía absoluta del neoliberalismo pergeñado en las oficinas de Washington. Mientras el imperio desplegaba sus fuerzas de destrucción masiva en las regiones del Medio Oriente y alrededores, y se embarullaba en un laberinto sin salida, en América Latina se abría paso una nueva experiencia, la de gobiernos populares.

En nuestro país el neoliberalismo, implementado en su mayor parte con la legitimación peronista, y llevado a su culminación con la concurrencia del radicalismo y sectores denominados “progresistas”, derrapó definitivamente en la pueblada, o las puebladas, del 19-20 de diciembre de 2001, y días sucesivos.

La ciudad de Buenos Aires cambió radicalmente de aspecto. En lugar de los coches que diariamente obstruían las diversas arterias, una oleada de de asambleas y de marchas llenaba las calles que parecían caminos transitados por verdaderos hormigueros humanos. Sectores populares de diversos niveles, sectores clase-medieros, trabajadores, desocupados, villeros, amas de casa, se reunían, discutían, caminaban.

Una marea de seres humanos, una “multitud” diría Negri,  que creía descubrir en ella al nuevo sujeto de la liberación, inundaba todos los espacios públicos y echaba de ellos a todo sujeto que oliese a alguna estructura política. El tsunami que arrasó con el neoliberalismo se llevó puesta también a la política. Parecía imposible pasar de la primera negación, o en otras palabras, de la destrucción.

Pero en el 2003, desde las frías estepas patagónicas del sur apareció un hombre de aspecto nada atractivo y de nombre raro y difícil, que vino a rescatar la política como instrumento fundamental de liberación y ponerla en manos del pueblo. Se sumaba así Argentina a la etapa de la reconstrucción de la patria Grande Latinoamericana, que había comenzado la Venezuela Bolivariana en 1994.
Nuevos aires latinoamericanos que retomaban las banderas de Artigas, San Martín, Bolívar, Sandino, truncadas por la agresividad del imperio británico en primer lugar, y norteamericano después.

En nuestro país resonaban en esta reconstrucción las proclamas de Perón: “Una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana” que se traducían en Venezuela como el “socialismo del siglo XXI; en Bolivia como el  “socialismo comunitario”, en Ecuador, como la “revolución ciudadana”, entre nosotros como “crecimiento con inclusión” y en todos como al sociedad del “buen vivir”.

Momento señero de este proceso fue la Cumbre de Mar del Plata en el 2005, y más precisamente el 4 de noviembre de ese año, cuando el gran Hugo Chávez habló de las palas que habían traído para enterrar al ALCA, exclamando ¡ALCA, ALCA, al carajo!
Mucho se avanzó en la década, tanto en el nivel teórico, de conciencia, como en el práctico, de materialidad. Por una parte, en la convicción de que era posible liberarse de las garras imperiales y construir desde uno mismo, desde las bases, desde la propia historia. Por otra, en la puesta en marcha de iniciativas y estructuras como Mercosur, Unasur, Celac, Alba. La Patria Grande es un sujeto que asoma, que se afirma, que se muestra.

Está claro que semejante osadía no iba a ser permitida por el imperio que veía de esa manera cómo su “patio trasero” se transformaba en un amplio espacio de vida y libertad. Como quien despierta de un sueño abrió los ojos y vio que estaba siendo desalojado de donde hasta no hacía mucho era amo y señor. Como en una pesadilla vio que “Cuba” se extendía por toda América Latina.

No podía ser, no lo podía permitir. Inmediatamente reactivó la IV Flota (en el 2008, precisamente cuando sus aliados, las corporaciones agrarias, cortaban las rutas con prepotencia inusitada, queriendo hacer girar las ruedas de la historia hacia atrás), activó las bases que tenía en suelo latinoamericano e implantó otras y comenzó a aplicar lo que ya había teorizado, los “golpes de Estado” denominados “blandos”. 

Estados Unidos tiene la perentoria necesidad de “recuperar” la parte de dominio sobre el “patio trasero”, tarea para la cual cuenta con preciosos aliados internos de los países que constituyeron dicho patio (en nuestro caso, las grandes corporaciones económicas y mediáticas y “políticos” que forman parte del conglomerado de la oposición)  y externos como los Fondos Buitre y el Estado de Israel.
Para un análisis de la marcha del proceso golpe-blando en nuestro país, es fundamental no perder de vista los sucedido en el 2008 con el denominado “conflicto del campo”, en el que el accionar de los sectores golpistas, generalmente denominados “destituyentes”, tuvo como efecto “no deseado” la clarificación de los campos antagónicos, una realidad siempre actuante en nuestra historia, desde el 25 de mayo de 1810, aunque muchas veces lo haga de manera subterránea.

El golpismo de la movilización campestre fue confesado claramente por algunos pesos pesados de sus participantes, como Biolcati, el entonces presidente de la Rural en diálogo con un golpista de toda la vida, como Grondona, y Buzzi, el entonces presidente de la Federación Agraria.

Es necesario aclarar, sin embargo, que la lógica del “golpe blando” no responde a la “Blitzkrieg” o a la sola “guerra de movimiento” del golpe duro. Combina “guerra de posición”, guerra de trincheras, negociaciones. Por otra parte siempre tiene un objetivo de máxima, la destitución del gobierno y su reemplazo por otro que responde a los intereses de las fuerzas destituyentes.

Pero hay también objetivos de mínima que se sintetizan en lo que el golpista Buzzi expresó cuando se daba el movimiento destituyente de las corporaciones agrarias, el “desgaste” del gobierno que, a la larga, debe terminar con su sustitución, ya sea por un golpe propiamente dicho, o por elecciones que el gobierno finalmente pierda.
Después de una década de transformaciones que produjeron los gobiernos kirchneristas, y de sucesivos movimientos destituyentes como corridas cambiarias y “levantamiento” de las policías de todo el territorio, que no produjeron los resultados buscados, se les presentó a las fuerzas externas e internas, una ocasión que  vieron como precisa para producir una verdadera “Blitzcrieg” contra el gobierno de Cristina.

El “héroe” elegido para tamaña hazaña fue un tal Alberto Nisman, fiscal que debía investigar el atentado a la AMIA, la mutual judía, fiscal argentino, pero que en la investigación seguía los dictados de los gobiernos de Estados Unidos e Israel. Nisman, una verdadera “quinta columna”.

La geopolítica de esos dos Estados obligaba al “obediente” fiscal a dirigir la investigación (¿se puede llamar a eso “investigación?) contra Irán, dejando fuera de juego tanto la pista Siria como la local. Eso imponían los intereses de las dos potencias citadas a las que Nisman obedecía.

Como las respectivas cancillerías de Argentina e Irán habían firmado un memorándum de entendimiento para que los ciudadanos iraníes acusados del atentado pudiesen ser indagados por el fiscal argentino, vieron la oportunidad de utilizar ese instrumento como prueba del compromiso del gobierno de Cristina de exculpar al “terrorista” gobierno iraní del atentado. 
A esa oportunidad se le agregó otra o, en realidad “la” oportunidad de ligar el “terrorismo” del gobierno de Cristina con el “terrorismo” del gobierno iraní. Esa oportunidad se llama “Charly Hebdo”.    

El terrorismo ya no se limitaba a las regiones orientales, sino que se hacía presente en el centro de Europa, provocando una masiva reacción que se manifestó en multitudinarias marchas. “Todos somos Charly” y “yo soy Charly” estaban gravados en las pancartas y en los pechos. ¡Todos contra el terrorismo!
Nada más oportuno que remachar ese hierro candente. Alberto Nisman, el que teóricamente investigaba el atentado a la AMIA, se encontraba de vacaciones en Europa. Había que hacerlo volver inmediatamente y hacer pública una denuncia de encubrimiento del terrorismo en el que habría incurrido la presidenta.  El terrorismo que había masacrado al equipo de Hebdo, era protegido por la presidenta.

Pero en realidad la bomba resultó un inocente petardo. Tanto es así que  jueces, fiscales y abogados se llamaron a silencio. Las “amigas diurnas” del fiscal se encargaron de inflar la denuncia y anunciar con bombos y platillos que Nisman se presentaría en el congreso para presentar la denuncia contra la presidenta y responder a las sin duda “amigables” preguntas de la oposición al gobierno.

La movida fracasó cuando el Frente para la Victoria exigió que la presentación de Nisman fuese pública. Un verdadero tembladeral en las fuerzas golpistas, porque la denuncia del fiscal era un verdadero “mamarracho”, como dijera Aníbal Fernández. Los frentistas para la victoria ya paladeaban un verdadero festín.

Ese fracaso preanunciado es el que explica la muerte de Nisman. Puede ser un suicidio, que es lo más probable, o un homicidio. Nada cambia en cuanto al motivo de su muerte. Debía morir porque de esa manera se mataban dos pájaros de un tiro. Por una parte, se evitaba el bochorno de la presentación de una denuncia contra la máxima autoridad política que en realidad era la acusación de haber cometido algo que puede ser cualquier cosa menos un delito. El juez Rafecas le dio el “responso” a la acusación.  

Por otra parte, y esto es lo fundamental, se podía acusar a la presidenta de haber mandado asesinar a quien había tenido el valor de denunciarla como protectora del terrorismo. Más, como quien había transformado al Estado en un Estado criminal. Es lo que se hizo. Clarín, La Nación, Perfil, los Canales de Televisión, las radios, batieron el parche sobre el asesinato promovido por la “yegua” y la valiente denuncia de Nisman que alcanzaba, de esa manera, la estatura de los grandes héroes.

La confección de la estatua de héroe se hizo el 18F  con una multitudinaria marcha bajo la lluvia. Como se sabe las estatuas de barro no resisten el agua. Se disuelven. Eso pasó con Nisman. No se alcanzó a terminar la estatua que ésta comenzó su disolución bajo la persistente acción del agua que se presentó en las figuras de “malversación de caudales públicos, cohecho y peculado”.
Y como frutilla para el postre de la clase media gorila cuyos integrantes ostentaban el “yo soy Nisman”, aparecieron las “amigas de la noche” que sacudieron sus “almas bellas”, impolutas. Miguel Rep graficó la escena de los carteles “Yo soy Nisman” yendo a parar al tacho de basura.

¿Qué queda, pues, de la bomba que debía hacer saltar por los aires el gobierno de Cristina? Quedan las dudas que se sembraron. Para que no se disipen hay que mantener las dos causas, la de la falsa denuncia y la de la muerte del fiscal.  Pollicita, y Moldes por una parte, y Arroyo Salgado, por otra, están en la tarea.

Hasta aquí habíamos llegado el 24 de marzo en nuestras reflexiones, cuando se produce el fallo de la Cámara I de la Cámara Federal que manda la denuncia de Nisman al “agujero de la nada más absoluta” en la que  ya se habían perdido los ilustres Pollicita y Moldes y ahora los acompaña  el gran Joaquín Morales Solá. Seguirán los esfuerzos para mantener en pie la denuncia, a pesar de la advertencia hecha por la Cámara en el sentido de que “los estrados penales no son las tablas de un teatro ni sus expedientes el celuloide de una película, o que una persona deba quedar sometida a los influjos de un proceso criminal sin otra razón más que la publicidad de su figura”.
        

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