miércoles, 10 de junio de 2015

"Sarmientifilia/sarmienticidia", por Noé Jitrik



Tuve la suerte, a fines de mayo, de asistir, e intervenir, en uno de los Foros que promueve, y organiza, el Ministerio de Cultura a través de la secretaría de nombre extenso, militar, complicado y discutido, “Coordinación estratégica para el pensamiento nacional”. El tema era Sarmiento y la reunión tuvo lugar en San Juan, nada menos, donde el prócer de marras es objeto de un culto casi religioso.
Tuve inicialmente temor: puesto que en esta gestión de gobierno, dado a homenajes, reivindicaciones y celebraciones, hubo algunos signos de desapego respecto de tan, para mí, venerable figura, pensé, sospeché, que se trataría de una provocación y que, por lo tanto, asistiría a una carnicería, no sólo de Sarmiento, sino también de mí mismo en tanto autor de algunos textos en los que no se oculta el valor que le atribuyo a su obra.
Acepté concurrir sin embargo, movido por cierta curiosidad malsana: después de haber pensado y escrito varias veces sobre su obra, luego de la preparación del volumen que dedicamos junto con Adriana Amante dentro de esa utópica empresa llamada “Historia crítica de la literatura argentina”, qué de nuevo se podría decir o bien de qué modo se intentaría destruir lo que habíamos llegado a decir, Adriana y yo, pero cada uno en particular, en tantas tentativas. ¿Se nos demostraría, además, que habíamos sido cómplices de una siniestra maniobra de glorificar a una figura paradigmática de un pensamiento y una acción terriblemente antinacional y antipopular? ¿Saldríamos maltrechos de una demolición ideológica, nacional y popular? O, por el contrario, los maltrechos podrían ser los múltiples sarmientinos que pueblan esa provincia, y, por carácter transitivo, terminaríamos por ser incluidos en el sofocado recinto de los adoradores del autor de Civilización y barbarie, eso que para ese faro intelectual que fue don Arturo Jauretche es una reverenda zoncera.
Nada de eso ocurrió. Para decepción de los opositores de este gobierno y su política cultural no hubo feroces revisionistas ni adoradores reverenciales, carnicerías mazorqueras ni columnas de incienso o trompetas broncíneas. Ocurrió todo lo contrario, lo que no es habitual: en las jornadas a las que suelo asistir ocurre lo esperable, y eso es tan fatal como el lenguaje de la Doctora Carrió, no hay decepción, cada cual emite sus trémolos, suspiros, gargarismos o lo que se le ocurra y difícilmente hay reacciones: ese cada cual dice lo suyo y se las toma, total ya está, ya cumplió y se fue llevándose en la mochila un tibio reconocimiento. En San Juan, en esos dos días, hubo lo que llamo un “lleno de sentido”, tanto que aprendí muchísimas cosas, no sólo sobre lo que todavía depara la gigantesca obra de Sarmiento, sino también sobre la capacidad de descubrimiento de quienes estaban ahí y cuyos discursos me resultaron apasionantes: me hicieron pensar, no necesariamente a revisar mis conceptos o preconceptos, sino simplemente a pensar en lo que escuchaba y que me llevaba a problemas básicos, a cuestiones que recorren la vida argentina, la del pasado y la del presente que si algo tiene es que pone en cuestión categorías, modos de relacionar interpretaciones y sistemas.
El Sarmiento que en esos dos días se construyó quedó lejos del anacronismo y del panegírico: si por un lado intentó, como lo formula en el Facundo, “explicarnos la vida secreta y las convulsiones que desgarran las entrañas de este noble pueblo”, puede ahora ayudarnos a explicar por dónde va este noble pueblo y qué intenta hacer. Si, como es indudable, Sarmiento quiso que ese noble pueblo fuera un país verdadero y fuerte, dueño de su destino, no veo qué diferencia hay con lo que muchos querríamos que llegara a hacerse, en medio de contrariedades y presiones; si puso en la educación un pensamiento, una imaginación y un esfuerzo tendiente a constituir una identidad, todavía nos debatimos en esta cuestión; si pensó y procuró crear las condiciones de una economía que nos liberara de tutelas y nos sacara del colonialismo no es otra cosa la sustancia del problema de hoy, presionados por los buitres de adentro y de afuera, todavía sin liberarnos del fatalismo agrarista, todavía amarrados por la codicia amoral de los más ricos y así siguiendo. Descubrimos, otra vez deslumbrados por una prosa flamígera, que nada le era ajeno y que poseyó la epistemología más natural, la que da origen al pensamiento científico, la pregunta, preguntarse y buscar respuestas y, suerte única, tener la oportunidad de aplicarlas.
Pero, más importante que lo que yo pude pensar así estimulado, fueron los diversos aspectos de la existencia de este ser excepcional: no es sólo el hecho de su autodidactismo ni de su “estar al día” en condiciones más que elementales, ni tampoco de haber nacido en un poblado pobre y haber llegado al lugar al que llegó, ni de su neurosis de destino ni de haber fundado una literatura sino de lo que efectivamente hizo en todos lugares y en todos los momentos en que le tocó vivir. Supongo que tanto la visión como la energía podrían ser muy propias de un siglo en el que todo estaba por tomar forma, incluso las ideas, pero en Sarmiento ese impulso epocal cobra una dimensión fundadora en la que, sospecho, todavía vivimos aunque hemos olvidado su gestación y sus comienzos; ambas líneas están incorporadas, naturalizadas, configuran un imaginario, el imaginario argentino, incluidas las demasías y aun la ferocidad con que la Idea, como un deber ser ilustrado, debía realizarse.
También de eso se habló y no hay manera de comprender ciertas frases desdichadas que emitió, y que no dejan de invocarse, como simplemente producto de una contingencia o, peor, de una mentalidad criminal; más bien puede ser que resulten de una idea muy profunda de “obstáculo” lo que implica, también, la correlativa de “finalidad”, que ha dado tanto que hablar en las políticas, desde Maquiavelo hasta nuestros días. ¿Es posible conciliar ambos términos, o sea alcanzar la finalidad sin eliminar los obstáculos? Tal vez eso que se conoce como democracia lo ha intentado y lo sigue intentando pero no es seguro que lo logre, vivimos en un estado de crisis cultural en el que la idea de democracia como relación armónica entre los dos términos de esa ecuación es incierta, como que el obstáculo no debe impedir la finalidad y la finalidad no debe promover la eliminación del obstáculo. Quiero creer que en Sarmiento la finalidad predominó y si tuvo conciencia del obstáculo, y pudo ser feroz con él, tampoco le resultó satisfactoria la inmigración como solución, en la que había pensado inicialmente; creo que en eso radica su obsesión educativa: la educación debía ser el instrumento que terminara con el obstáculo aunque no se le escaparía que ésa era una apuesta que podría no ser ganada: tal vez nos quepa a nosotros la responsabilidad de decidir si se perdió.
Sarmiento suscita todas estas cuestiones de modo que, como ocurrió en San Juan, lo más apasionante es descubrirlo, descubrir sus recovecos y sus matices, entrar por detalles encubiertos en la expresión y dejar de lado las grandes ubicaciones. Y, por cierto, como ocurrió con algunos trabajos, ir más adelante pero no negarlo por la positiva, al ponerlo en un panteón, o por la negativa denigrándolo.
En todo caso, quienes, sanjuaninos, no asistieron al Foro por desconfianza, con algún argumento o sin ninguno, porque era promovido por una dependencia oficial, se perdieron algo, el raro placer de asistir no a un trivial debate en el que los contrincantes quieren “tener razón” sino a un ejercicio intelectual desprejuiciado y desde luego brillante.

[Publicado en Pagina12, 10/6/2015]

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