miércoles, 15 de marzo de 2017

"Indios, conciertos y fronteras", por Horacio González

Una primera evidencia sobre el Indio Solari me la trae el hecho de que puede parar sus conciertos. Desmiente el sugestivo pensamiento que dice que el show siempre debe continuar porque está por encima de las contingencias de un artista y del público. Como si fuera una vida aparte de la vida. Otro segmento de la realidad con leyes propias. Entonces, el show estaría más allá de todo, pues es portador de su propia decisión de parar o morir. Si tiene algo angélico, entonces no para. Pero el Indio paró varias veces el show de Olavarría, introdujo en lo angélico una voz de preocupación, un intento de orden, una nota de sorpresa. Vio desde el escenario que había otra cosa que no es lo que entrega la música, vio el fino borde de tragedia que siempre sobrevuela a las muchedumbres. En verdad, siempre se ve eso, pero existen diversos planos de conciencia sobre lo que es un público masivo, escuchar su música interna, arrastrada en fricciones inaudibles de cuerpos, ensordecedoras, pero desde una lejanía que puede no llegar a los palcos. Pero esta llegaba. Y no parecía ser un mero pogo. El Indio buscó nombres, filiaciones etéreas, definiciones ausentes. ¿Quiénes eran? Inútil preguntárselo ahí. Quizás pensó en los muertos, en Bulacio, en los jueces, los periodistas, los acechos, esos búhos del destino.
Pogo. ¿Quién inventó esa palabra?¿Los sex-pistols? ¡Vaya! El pogo es ambiguo, tiene un tramo dislocado pero le busca una significación al éxtasis colectivo. En realidad, busca tranquilizar con una estética del movimiento, trasladando el rock al circo, a la murga, a la gimnasia lúdica, en definitiva, aunque resulte extraño, a la anti-avalancha. El cuidado de sí y entre sí de los muchos es una formidable utopía equivalente a que otros llamaron la comunidad inconfesable. Hay reconocimientos mutuos pero nadie habla en su nombre. El Indio, me parece, tampoco. Solo exhibe a desgano una rectoría que goza con su propia capacidad de asombro. No es ingenuo, sabe que hay aparatos organizativos, cálculos de economías, actos contables, fianzas, complejidad política, pero lo que sigue buscando, está animado por un pensamiento que atraviesa el ser lúdico, el inhallable bálsamo y la ronda de la enfermedad. Un músico en concierto, enojado, irritado, es un hombre sin vestimentas sacerdotales, su aura la emplea para preguntarse sobre la vida y la muerte. Semejante a parar un concierto.
Finalmente, el pogo es para serenar, aunque toma mucho de las hinchadas, es lo contrario de ellas. Pero si un concierto se para, es porque el pogo de la multitud, la serenidad con su drama en movimiento, se tensa hacia sus límites. Una multitud en pogo maneja sus fronteras, pero siempre hay dificultades, bordes, extremos, “borrachines”, que fue la expresión, creo, empleada desde el escenario. La relación pogo-escenario puede quebrarse. El Indio, con su oscura sutileza, lo percibió. Atenazado por su propio mito, no dio los nombres exactos a lo que ocurría porque ni él ni nadie podían hacerlo. ¿Sabía, deseaba, pudo impedir que entren cien mil personas más? El mito nos ilustra sobre nuevos nexos vitales, y como en los pactos con el diablo, también escuchamos su carcajada irónica cuando nos retira su apoyo. En un país punitivo, donde el aparato judicial está condicionado por paranoicas fantasmagorías, el sentido profundo de la justicia está por perderse. Todos ya estamos penalizados de antemano.
Este es un país de condolencias fáciles y rápidos buscadores de culpables. El presidente declara que respetar la “normas” puede ser fastidioso (“antipático”, dijo) pero si lo hacemos, después se nos brindarían “oportunidades”. Descalabrada interpretación, y no porque se le pida a sus concurrentes a un concierto masivo que sean “normativos”. ¡Se le pide a los seguidores del Indio que sigan la “norma” para luego tener “oportunidades”! Todo fuera de foco, desubicado, para emplear una palabra que el mencionado presidente le gusta. Los que asisten, creo, son promesantes de un desenfadada creencia, una comunidad de visitantes masivos, que altera por un día una pequeña ciudad. Allí hay habitantes, vida cotidiana. Los intensivos huéspedes, son forasteros que parecen un desmadre y ponen a prueba la hospitalidad. Peregrinos de fronteras detrás del Capitán Buscapina, hay una gracia del medioevo neo-barroso que se quiere intentar en la larga e intermitente marcha en medio del lodazal. 
¿Los antropólogos podrán ver también la ironía que recorre todos los espacios en blanco que deja el Indio en sus canciones y estas ceremonias de frontera mal llamadas “misas”? En este caso todo sucedió en esos viejos campos que el Ejército de Roca le dio a los coroneles o a los sargentos, donde muchas décadas de después se instalarían prisiones y cementeras, y en esta última, la de Fortabat, lleva a que los Macri instalaran antaño sus campamentos de caliza y de arcilla como socios menores de Fortabat. Olavarría fue el cruce de destinos de los Macris y los Solaris, lo que llegó en un día embarrado y embromado. Los empresarios se habían ido hace mucho, el otro llegó en la avioneta donde hasta el piloto declara que lo vio taciturno y retraído. ¿Hay verdaderos testigos? Para pensar: la enorme mayoría vio otra cosa; el vecino a una tragedia casi siempre se entera después; se los obliga a atestiguar y sin embargo no vieron.
De los Macri, que empiezan allí su carrera empresarial, no se puede decir que abundaron en ellos las normas, aunque sí la ansiedad de las oportunidades. Carlos Solari, el indio “sin normas”, era en verdad quien las estaba buscando desde siempre, con banderas de dos colores sugestivos en el corazón. El Indio toca temas de fondo con la actitud de quien solo los roza. El que los escucha así es lógico que pueda demorarse o fracasar, si no cree que ya está dicho todo. Lo que se dice está dicho entre hermetismos y destellos insinuados en las canciones de toda una vida. Y si no se termina de comprender, es por eso que los que van, van. Saben de memoria las inflexiones enigmáticas de esas letras que siguen pidiendo el trabajo de develamiento.
El peregrino se expone y se cuida, tiene la honra de ser culpable y de reclamar que se le exima del pecado de andar por el camino buscando una pócima de consuelo. Ahora está solo, sin señal en el celular, ya apagado el pogo, con dos muertos en su conciencia tardía, de los que no es responsable. Que un fallecido se llame Bulacio es para pensar, no para que el juez diga “ya lo sabía”. El destino  no es judicializable ni apto para un juicio al paso. Los que se abalanzan buscando cadalsos señalan por el lado del Profeta o al Estado, y en el medio, a los Organizadores. Se ha dicho también, a la Multitud. No hay jurisprudencia, ni peritajes, ni autopsias, ni investigaciones periodísticas para laudar todo eso. Solo queda exonerar piadosamente al que juzga apresuradamente depositando una facilidad en la urna de las culpabilidades individuales colectivas. La verdadera responsabilidad la declara la conciencia profunda; los grandes caracteres en ese sentido son siempre culpables. La responsabilidad penal es otra cosa, y también tan sutil, que un fiscal montado en grúas excavadoras puede arruinar un tema, una forma de la vida y también el acceso a la razón.
Olavarría comprime su historia desde Namuncurá hasta este Indio de La Plata, acusado de falso, de autor de un “relato”, de “impostor”, de hacerse precisamente de la plata. No, claro que no. El juicio, aquí, debe comenzar por registrar líneas de fuerza de la cultura nacional, corrientes sentimentales, tensiones históricas o territoriales, escrituras de la pampa indócil, violenta, antes de hablar de negocios de la “industria cultural y contracultural”, de poéticas juveniles y de su “base económica”, para ser explícitos. Pero de nada de eso hoy se habla con conocimiento ni puede fundar una esfera de responsabilidades profundas que no reproduzca las triquiñuelas de cualquier operación política minusválida. Hay que ver todo esto como un intento de cotejar multitudes transversales, las que recorrieron por toda una semana la ciudad de Buenos Aires, que preanunciaban las de Olavarría, pero estas fueron a una antigua frontera pues su oficio es hoy escrutarlas, saber más sobre ellas. 
José de Olavarría fue un militar unitario (daría lo mismo si fuera de otro color, o tuviera otros tickets en la mano) pero la ciudad fue fundada por Álvaro Barros, un coronel escritor, autor de la “Guerra contra los indios”,  que observando esa frontera que es hacia 1870 Olavarría –muchas veces, con sugerentes descripciones, tanto como las del comandante Prado–, cuenta la historia de una lechuza maligna, leyenda que a su vez recibe los indios: “entonces como obedeciendo a una orden de retirada, la lechuza remontó el vuelo, se detuvo un momento cerniéndose sobre la multitud de indios que la habían perseguido inútilmente, y se alejó ya silenciosa, perdiéndose luego en el bosque”. ¿La vio el Indio?
Hay una verdad en el indio Solari: tiene una poética basada en una rítmica de cronista entrecortado, sus versos se potencian porque les falta una secuencia explicativa intermedia, y porque amagan con nombres sacados de cuajo de su vulgar familiaridad. Están pensados como una historieta, o un diálogo con alguien invisible, una segunda voz que suelta palabras para inhabilitar una comprensión completa de las cosas. ¡Está aquella lechuza! Las letras de las canciones consisten en una acción principal narrada entre vacíos y sobrentendidos, casi siempre paródicas, con ritmo secreto de cómic, una voz ácida que clama y una musicalidad recubierta con capas de óxido exuberante, que pone un velo sobre el dolor más íntimo que la alimenta. Hay desdichas que se van desvaneciendo y una mordacidad sobre los logos comerciales y etiquetas que forman parte de la pantanosa lengua contemporánea. El fiestero Rey Garufa, el capitán “buscapina”, el “ticket de la revolución”, el “mohín de tu desván”, “justo saltaban las tostadas”. Apodos del barrio, palabras capturadas con red para mariposas, promesas difusas y amores concretos, amores concretos y promesas difusas. Que se convierten en ideogramas del cosmos y en cachadas imperceptibles.
Es sabido del aislamiento y su precio, lo que gusta y no gusta del Indio, nada de eso es fácilmente explicable (¿debo escribir “también para él mismo”?). Pero en verdad no se puede aislar esta poética del otro mundo de la música rock, porque aquí se escuchan numerosos ecos, no fácil en su identificación pero sobriamente existentes. Fito Páez, Charly García y Spinetta, pongamos también Cerati, Calamaro, son otras constelaciones que no que se complementan en nada, salvo que también encadenan en otros horizontes impalpables sus diferentes poéticas. Juntar, se juntan; el lugares muy retirados, invisibles, donde los pescados están rabiosos porque hay pescados podridos. Comercio o no comercio, ellos hablan de una pregunta sobre el mundo, sobre si está perdido y sobre si habrá anuncio de salvación. Pregunta que cada uno hace por sí mismo. Parecen que las profecías, enigmas y plegarias de estos músicos, sus teologías negativas, aceptan un orden de exhibición encuadrado bajo otras fronteras de la imaginación –a ser redescubiertas– que no vale anular diciendo “son tribus diferentes”. ¿Qué tribus? Namuncurá era indio, y derrotado lo hicieron Coronel. El Indio no es indio y muchos desean transformarlo en organizador del malón.
¿Qué esto nada tiene que ver con las otras grandes poéticas? No lo creo, pero cada una evoca la otra y en todas resuenan las demás. Los acordes, la invención musical, los bajorrelieves sonoros son todos distintos. Concedo. Pero la verdadera diferencia es otra. Hay muertos, policías, intendentes, responsabilidades, municipalidades, presidentes, jueces. En la profunda crisis de la facultad de enjuiciar que vive el país, ¿quién puede reconstruir el juicio? Siempre son los muertos quienes lo reclaman y hablan sin poder hablar, rezan sin poder rezar.
El indio es la angustia sumada a la discreta sorna. Inventó el surco o el perímetro de las ciudades medias, Gualeguaychú, Tandil, Olavarría, como un circuito mitológico. Una interrogación de las fronteras que subyacen a esos antiguos villorrios que no son más enclaves, la mayoría de los cuales provienen de la ocupación territorial de las últimas décadas del siglo XIX, pero olvidaron su historia. Que fue la de la expansión de unas culturas sobre otras, la historia misma de la humanidad. Quizás sin proponérselo, las procesiones indagan el subsuelo y los cimientos de esas ciudades inconclusas. El rey de las alegorías aplazadas, el patricio de lo ácido, el impugnador de nombres expelidos por las maquinarias comunicacionales, el firmador de solicitadas, está siendo despreciado. Pero su lirismo es una suspensión, por un arbitrario y mínimo momento, de las realidades más crudas. Lo llamemos mito, religión o misal de los desesperanzados, lo lírico suspende de a ratos los accesos de violencia y el pogo la sustrae del límite donde los cuerpos ya no tienen retorno. El lodo en que se entrecruzaron vidas y destinos en Olavarría merece pensamientos de altura, no el apresuramiento de todas las fiscalías más oscuras del país, con su invisible pogo del castigo que obliga a opinar con miedo, a proceder obtusamente y a calcular quién “capitaliza”. Trescientas mil almas pueden caber así en un carpetazo. La expresión “todos tus muertos” no es equívoca. El que allí habla, no sabemos quién, nos reclama a todos nosotros, para elaborar lamentos y proseguir la tarea, mordiéndonos los labios.

[Publicado en Página12, 15/03/2017]

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