sábado, 25 de julio de 2015

"La inspiración está aquí", por Marina Yuszczuk

las12
VIERNES, 24 DE JULIO DE 2015
Una de las voces femeninas más ocultas durante décadas por la intelectualidad hegemónica del siglo diecinueve, que dictaba cómo debía decirse y escribirse en la Argentina, y que sin embargo se alzó con un sonido propio y profundo por estas pampas, la de Eduarda Mansilla, es rescatada en una colección que le dedica Editorial Corregidor en reediciones prologadas por Hebe Molina y Jimena Néspolo, y en Eduarda Mansilla en la prensa (1860-1892) y la escritura del Yo, de Marina Guidotti, un primer relevamiento de su participación en diarios y publicaciones. La hija de Agustina Ortiz de Rosas y Lucio V. Mansilla se casó con un diplomático –con posterior separación– para exprimir un mundo que leyó y asimiló derramándolo en su escritura como una acción desesperada de supervivencia en el espacio asfixiante de la vida doméstica. Desde allí logró plasmar relatos donde las mujeres cumplen un destino previsible pero perturbador por el sufrimiento, la lujuria y la locura progresiva que la pluma rupturista de Mansilla les impone con sencillez implacable.

“En castellano, desde que se trata de sentimiento ya no se dice dintel por umbral, rostro por cara, templo por iglesia, y notarás que no son sinónimos; pero qué importa, el autor infla la frase y cree que la inspiración ha llegado. (...) Si se reflexiona cuán fácil es escribir como se habla, como se piensa, sin afectación de giros diferentes de los usuales, se verá que el pensamiento fluye más fácilmente cuando no le encadenan falsos afeites y que el secreto único de los grandes escritores modernos, consiste justamente en expresar grandes pensamientos con imágenes sencillas.” Con estas palabras una colega del siglo XIX, escritora y periodista (que acaso tenía la ambición de estar entre esos “grandes escritores modernos), se colaba por el año 1877 en una discusión predominantemente masculina con respecto a cómo se tenía que escribir en Argentina, con qué idioma, cómo sacudirse la herencia ibérica y parar un poco la oreja al español que sonaba por estas pampas. Todo letrado tenía algo que decir al respecto, pero si la escuela y otras instituciones nos hicieron llegar las voces de Sarmiento, Echeverría, José Hernández y tantos otros, preservadas y repetidas casi como palabra santa, la de la autora de estas líneas se perdió casi por completo durante décadas.
Ella es Eduarda Mansilla de García y la literatura argentina –que no es, por supuesto, la suma de lo que produjeron nuestrxs escritores y escritoras, y ni siquiera lo mejor o más relevante de toda esa producción, sino la selección cargada de sentido que de ella hicieron ciertos críticos, profesores, periodistas y otras figuras representantes de las instituciones– la dejó afuera. Aunque tenía nombre de varón y durante un tiempo publicó oculta bajo el seudónimo de Daniel García Mansilla, que luego le regalaría a uno de sus hijos, los varones que vendrían después a ordenar la biblioteca nacional no se tomaron el trabajo de reservarle una sección. Quizá por no saber dónde ubicarla, ni siquiera junto a otros textos abandonados de Juana Manuela Gorriti o de Juana Manso, que fundó con Eduarda el semanario Flor del aire (1864) donde, entre otras cosas, una sección rescataba a las mujeres ilustres de esta parte de América. Después de todo, en un relato dedicado predominantemente a describir un territorio, plantear como conflicto el encuentro con el indio, argumentar a favor del avance inevitable de la civilización o cantar el drama de los gauchos, no era tan fácil hacerle lugar a un libro de cuentos para niñxs como el que publicó Eduarda en 1880 o a una historia desprendida del gótico como la de “Dos cuerpos para un alma”, sobre un príncipe ruso enamorado por igual de dos mujeres que, ante la imposibilidad de decidir con cuál casarse, se hace acompañar por un armenio misterioso a la morgue con la intención de llevarse un cadáver para repartir entre dos cuerpos su ser enamorado.
Eduarda nació en 1834 dentro de una familia influyente: su madre era Agustina Ortiz de Rozas, hermana menor del caudillo, que en un acto de rebeldía lingüística convirtió ese apellido en Rosas, y su padre, Lucio Norberto Mansilla. Dueños de campos, bien posicionados socialmente, cuando eran chicos Lucio V. Mansilla –décadas antes de escribir Una excursión a los indios ranqueles– y su hermanita menor Eduarda pasaron tiempo entre San Benito de Palermo, visitando a su tío Rosas, y la casa de una Buenos Aires que por entonces era capital de la Confederación. En sus memorias, entre relatos de días lluviosos con buñuelos fritos o de ir a la escuela aúpa de los criados para no mojarse con los charcos, Lucio la recuerda como la preferida de los padres, más inteligente que él y ya, en ese entonces, una nena valiente: “¡Curioso! Mi hermana era menos medrosa que yo. Dormíamos en el mismo cuarto, separadas las camas por una mampara. La negra María se ocupaba de ella. Simulaba a veces, tenía muchos recursos: un ruido como tropel de caballos, y le decía a Eduardita:
–Dormite, dormite, hijita, mirá que si no ahí viene Lavalle a comerte. (...)
Mas después de que el negro y la negra se iban, habiendo antes apagado la luz –la vela de sebo que era de molde, o sea, de casa rica–, y ambos muy convencidos de que dormíamos, porque no chistábamos, mi hermana me decía despacito:
–¡Che, Lucio! ¿Estás durmiendo? Yo no he oído nada.
A lo que yo, sin destaparme, contestaba, tiritando todavía:
–Callate... no hablés, que tengo miedo y me ahogo, y ahora no más entra mamita (esto era lo más temible).
–¡Zonzo, flojonazo! –continuaba ella.”
Otra anécdota famosa de esa época cuenta cómo Eduarda, que ya manejaba varios idiomas, hizo de traductora entre el tío y el conde Alejandro Colonna-Walewski, hijo de Napoleón, enviado para negociar el bloqueo anglo-francés al Río de la Plata. Es difícil imaginar lo que puede haber representado para una chica de once años cumplir ese papel, haciendo dialogar a dos figuras envueltas en los asuntos de eso que todavía no era una nación y recibiendo los elogios del conde por su buen manejo del francés. Quizás Eduarda lo vivió con la naturalidad de un episodio cotidiano en la vida compartida con el tío Rosas, pero también puede ser que haya pensado, o aunque sea intuido, que saber cosas la podía llevar a lugares insospechados. Lo cierto es que después se siguió cultivando hasta un punto que era infrecuente para las mujeres de la época: cantaba y tocaba el piano, compuso varias piezas musicales y escribió en periódicos, publicó su primera novela en francés, manejó varios idiomas, publicó más novelas y cuentos. Y cuando escribió su novela Pablo ou La vie dans les Pampas (1969), el único de sus libros para el que eligió el francés como materia prima después de vivir durante seis años en París, envalentonada, le mandó un ejemplar a Victor Hugo.
 Continúa acá.

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